sábado, 15 de mayo de 2010
Entrevista (a cargo de Josep-Albert González Rodríguez)
domingo, 9 de mayo de 2010
Joyas en la oscuridad (XXI): "Poe", de Jordi Sierra i Fabra y Alberto Vázquez
sábado, 1 de mayo de 2010
"La profecía" (Microrrelato)
"La profecía" es el título del último de los microrrelatos que presenté al certamen de homenaje a Poe convocado por "ArtGerust". En este caso, al igual que sucedía con "La cena", el relato nada tiene que ver con la obra ni el estilo de Poe. Símplemente se trata de un breve cuento de miedo, teñido de una buena dosis de humor negro...
Faltaban unos minutos para el cumpleaños de los mellizos.
Conocían bien la profecía... su abuela les había hablado de ella muchos años atrás, cuando, jugando en la casa que el abuelo había ganado en una apuesta contra el hijo de la que en el pueblo se creía una bruja, encontraron el pergamino firmado con sangre: "El segundo vástago de tu segundo vástago, fallecerá en el preciso instante de su vigésimo aniversario".
"Pobre John", pensaba Charles... "Ha crecido bajo el influjo de esa absurda patraña..."
Sonaron, tétricas, las campanadas del carillón.
La madre, temblando, se dirigió entonces a Charles, sin dejar de sollozar:
"Hijo, perdónanos... os ocultamos la verdad... tú no fuiste el primogénito. Un hermano vuestro, llegado al mundo un año antes que vosotros, murió a los pocos minutos de nacer..."
Charles, atónito, creyó entonces ver a la parca, envuelta en su negra capa, materializándose frente a él. Las cuencas vacías se clavaron en sus aterrados ojos. El lúgubre filo de la guadaña giró con fuerza. Su corazón, repentinamente, estalló... dejó de latir.
sábado, 24 de abril de 2010
"Retorno" (Microrrelato homenaje a Edgar Allan Poe)
domingo, 18 de abril de 2010
"La cena" (Microrrelato)
domingo, 11 de abril de 2010
"El otro" (Microrrelato homenaje a Edgar Allan Poe)
Continúo esta semana con otro de los microrrelatos inspirados en la obra de Poe. En esta ocasión el texto está libremente basado en la idea desarrollada en su relato "William Wilson". Felices pesadillas...
Un escalofrío recorre, insidioso, mi espina dorsal...
Sé que no hay nadie más aquí. Estoy solo en este caserón.
Me sitúo, desconcertado, frente a una de las desvencijadas paredes, allí donde un golpe seco ha puesto en alerta mis sentidos. Mi pulso se desboca...
Observo atónito, aterrado, mi imagen pulcramente enmarcada frente a mí, ahí, al otro lado... ésta me devuelve una mirada fría, extraña, quizás sorprendida... el filo de un enorme cuchillo, impregnado en su extremo de un negruzco y espeso fluido escarlata, relampaguea en su trémula mano derecha... la sangre -húmeda, viscosa, obscena...-, cubre también sus gastados ropajes.
De pronto lo entiendo todo...
Aunque jamás hube dado crédito a esa absurda teoría, debo admitirlo, era cierta...
Existen...
Ése de ahí, el que me mira desconcertado, es mi “doppelgänger” (mi "doble"), pues lo que hay delante de mi no es un espejo, ni aquel que está frente a mí, al otro lado de la ventana, usurpando mi rostro, mis facciones, mi cuerpo, soy yo...
lunes, 5 de abril de 2010
"Nunca más..." (Microrrelato homenaje a Edgar Allan Poe)
Cementerio de la Iglesia Presbiteriana Westminster, Baltimore. Nueve de octubre (1849).
Tan sólo cuatro condescendientes almas han asistido al sepelio.
Horas más tarde, el príncipe de los poetas malditos yace al abrigo de las nebulosas sombras de la noche, abandonado a su infausto destino por aquellos a los que un día amó, bajo la húmeda, fragante tierra tapizada de hojas muertas, de la ciudad que asistió a su última orgía de alcohol...
Una fantasmal silueta, lánguida, nívea, envuelta en negra seda, se arrodilla frente al montículo de tierra recientemente allanado. Las lágrimas queman, trémulas, sus mejillas, deslizándose inquietas bajo la liviana tela del velo...
"No estás solo, Edgar... estoy aquí..."
El incesante, atronador graznido de una estremecedora ave cuyo brillante plumaje semeja el ébano, resuena hiriente en la soledad de la noche. Repite sin cesar, una y otra vez, su mortal letanía ("Nunca más..."), impidiendo a la mujer escuchar -como si de una de las pavorosas creaciones de su amado bajo el influjo del opio se tratara-, el agónico, febril estertor, de la lucha contra la madera, ahí abajo.